La mariquita sin manchas

(También disponible como audiocuento)

Cuento infantil de una mariquita sin manchas



La mariquita sin manchas era muy conocida en el jardín, aunque a veces se equivocaban y decían que era un escarabajo rojo. Ella tenía que repetir una y otra vez “¡No soy un escarabajo! ¡Soy una mariquita sin manchas! ¡pero mariquita como el resto de las mariquitas!”.  Y mientras lo decía, pensaba “¡cómo me gustaría tener manchas para que no dijeran que parezco un escarabajo rojo!”

Y la verdad es que esta mariquita había realizado numerosos intentos para ponerse unas manchas. Pero ninguno había funcionado: si se las pintaba, cuando llovía se borraban; si se las pegaba, cuando se bañaba en el río se despegaban; si se ponía una camiseta con manchas, pasaba demasiado calor…

Un día ocurrió algo asombroso. Cuando por la mañana se despertó, se miró en el espejo y observó unas pequeñas manchas que le estaban creciendo en su caparazón. Eran unos pequeños puntos negros. “¡Genial! Tengo manchas como el resto de las mariquitas”, pensó contenta.

Sin embargo, cuando fue a jugar sintió algo extraño, hasta ahora todos los bichos del jardín le reconocían sin problema pues ¡era la única mariquita sin manchas! Pero ahora nadie la encontraba y la confundían con el resto de mariquitas. Hasta el ciempiés se acercó a ella para preguntarle si había visto a la mariquita sin manchas. Y ella le respondió “¡si soy yo!” Pero el ciempiés no le creyó al verle los pequeños puntos negros que tenía su caparazón.

Así que la mariquita decidió que quería ser como antes para que sus amigos le reconocieran. Se pasó una semana entera intentando limpiarse con jabón las manchas que le estaban saliendo. Y tanto tanto lo intentó que al final lo consiguió, y volvió a ser la mariquita sin manchas a la que confundían con un escarabajo rojo. Pero ahora ella respondía “no soy un escarabajo, soy una mariquita original y única, ¡soy la mariquita sin manchas!” 

Ilustración: Ana del Arenal

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Un paseo en bici

La aventura de Tina y Leo montando en bicicleta



Cuando Tina y Leo se han despertado de la siesta, Papá les tenía preparada una sorpresa.

-       Chicos, vamos a coger las bicis y ¡daremos un paseo!

¡Qué contentos se han puesto Tina y Leo! Papá tiene una bici verde y mamá una azul, las dos tienen una silla en la que viajan Tina y Leo. Se han puesto los cascos y cuando mamá ha preguntado “¿Estáis listos?”, los dos han contestado “¡Síííí´!!”.

Al principio papá y mamá han ido despacito. Tina y Leo iban cantando, cada uno en una bici.

Después de unas cuantas canciones, Tina y Leo querían más emociones. “¡Más rápido, más rápido!”, han empezado a gritar. Y papá y mamá han pedaleado, y pedaleado más, y más aún… ¡Qué divertido el viento en la cara! Los rizos de Tina y Leo no paraban de moverse.

Hasta que han llegado a una larga cuesta. Las bicis han empezado a coger velocidad. A Tina le ha gustado mucho, no paraba de gritar de la emoción. El pobre Leo al principio se ha asustado un poco, hasta ha cerrado los ojos. Luego los ha abierto poco a poco y al llegar al final de la cuesta también gritaba como Tina ¡Qué emocionante ha sido bajar por la cuesta!

Cuando se han recuperado de las emociones, han vuelto a cantar. Hasta que han visto que, a lo lejos, se veía ya su casa.

-       “¡Queremos más!”, han pedido Tina y Leo
-       Pero papá y yo estamos cansado de tanto pedalear, ha explicado mamá.
-       Además, he dejado unos bocadillos preparados, ¡nos están esperando en casa!

Ilustración: Ana del Arenal

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Los erizos colorados

Historia de tres erizos divertidos y de colorines

Ra, Re, Ri y Ro eran  cuatro erizos muy graciosos que se divertían un montón juntos, sobre todo rodando por las colinas en otoño y recogiendo con sus pinchos las hojas que caían de los árboles. Eran muy amigos y se parecían mucho entre ellos: redonditos, con púas largas y traviesos. Eran tan iguales que los animales del bosque no conseguían distinguirlos y confundían a unos con otros.

De los cuatro, Ri era el más travieso. Y la travesura que más le gustaba hacer era pinchar con sus púas al conejo. Y el conejo como no sabía qué erizo había sido, porque le parecían los cuatro iguales, se enfadaba con todos ellos. Y eso no les gustaba mucho a Ra, Re y Ro, porque con su amigo el conejo se lo pasaban en grande en el bosque.

Re decidió pensar una solución para que el conejo les pudieran distinguir y solo se enfadara con quien le había hecho la travesura. Y pensando y pensando, recordó que en la escuela hacía poco habían estudiado los colores, y que eran muy diferentes entre ellos: el rojo, el verde, el amarillo, el azul...

Le pedió a la profesora de la escuela las acuarelas que habían utilizado en clase e hizo una fiesta de pinturas con sus amigos Ra, Ri y Ro. En la fiesta, cada uno eligió el color que más le gustaba y se pintaron las púas con él. Ra eligió el rojo, Re el amarillo, Ri el verde y Ro el azul.

Después de haber pasado toda una tarde pintándose las púas fueron a jugar y ¡qué sorpresa cuando se dieron cuenta de que los animales del bosque les distinguían! gracias a que cada uno era de un color.

El único que les seguía sin distinguir, por sus problemas de vista, era el señor topo. Así que desde aquel día Ri hacia todas sus travesuras al señor topo, que se enfadaba con los cuatro erizos porque no sabía quien había sido.

Aunque también él terminó por darse cuenta quien era el que le hacía las travesuras, porque a Ri siempre se le escapaba una risita que el señor topo aprendió a reconocer enseguida.

Ilustración: Ana del Arenal
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