Tina y Leo van a la playa


Los niños Tina y Leo se divierten en la playa

- ¡Yupi!, han gritado Tina y Leo cuando papá ha aparcado junto a la playa.

No habían vuelto al mar desde el verano pasado y estaban muy emocionados por volver a la playa.

Han extendido las toallas, han colocado la sombrilla y mientras mamá inflaba los flotadores han empezado a construir un bonito castillo de arena. Tina trabajaba muy concentrada en la segunda torre del castillo cuando Leo ha llegado corriendo y ha saltado sobre la torre que ya estaba construida.

- Leo, noooo!, se ha enfadado Tina, y han empezado a pelearse. Pronto estaban los dos llenos de arena.

“¡Basta ya!”, ha dicho papá. No le gusta nada que Tina y Leo se peleen. “Leo, no puedes destrozar lo que hace Tina. Y Tina, no se puede lanzar arena de esa manera. Daos un abrazo y haced las paces”.

Tina y Leo han hecho caso a papá. Enseguida mamá ha llegado con los flotadores y han ido todos juntos a bañarse.

¡Qué divertido! Tina y Leo chapoteaban con los pies todo el tiempo. Han jugado los cuatro a tirarse la pelota… ¡hasta han visto un pez!

Después del baño, mamá les ha dado melón. ¡Qué hambre da la playa! Se han sentado en la toalla para comerlo.

- Leo, ¿quieres que hagamos otro castillo de arena? Ya no estoy enfadada contigo.
- Vale, te ayudaré, ha contestado Leo.
- ¡Lo construiremos todos juntos!, ha dicho mamá.

Y se han puesto manos a la obra. ¡Será el mejor castillo de toda la playa!
Ilustración: Ana del Arenal

El tiburón que aprendió a nadar


Cuento de un tiburón que quería aprender a nadar


Era un tiburón pequeño, de apenas unos meses, que veía con envidia cómo los tiburones grandes nadaban y se movían por el mar con mucha soltura. Él también quería ser como ellos, para hacer carreras con las tortugas de mar y poder bucear durante kilómetros y kilómetros.

Así que una noche decidió decirle a su abuelo tiburón que le enseñara a nadar.  Este le explicó, con mucha paciencia, que para poder nadar era necesario que su aleta y su cola crecieran un poco más. Pero el tiburón pequeño no quería esperar y tenía prisa por aprender a nadar, así que le insistió a su abuelo tiburón para que inventara una solución.

El abuelo le puso unas aletas y una cola hechas de algas y le enseñó los movimientos que tenía que hacer para poder nadar. El tiburón con el paso de los días consiguió nadar. Creía que gracias a sus aletas y cola de algas, pero en realidad era que había crecido ¡ya medía 6 metros! y que, como todos los tiburones, podía nadar veloz por el mar con sus aletas y cola de verdad. 

Ilustración: Ana del  Arenal

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