¡Un perro!


A Tina y Leo les regalan un perro
Hace unas semanas, Tina y Leo pidieron a una estrella fugaz un deseo: que papá y mamá comprasen un perro. ¡El mejor juguete del mundo!

Cuando papá y mamá aceptaron, pusieron una condición: todos ayudarían a cuidar del perro. “No es un juguete”, dijo mamá muy seria, “es un animal, está vivo. Hay que cuidarle muy bien, como hacemos papá y yo con vosotros. Jugaréis con el perro, pero también nos ayudaréis a cuidar de él”.

Hoy, por fin, van a ir a la tienda de animales a elegir a su mascota. Pero al arrancar, papá no se ha dirigido al centro comercial. “Chicos, vamos a elegir a nuestro perro en otro sitio”.

Así han llegado a la perrera. Papá les ha explicado que allí van todos los perros que pierden a su dueño. ¡Cuántos perros! Grandes, pequeños, marrones, blancos…

- Ése, me gusta ése de ahí!, ha gritado Leo.

Señalaba a un perro de grandes ojos tristes, que se había quedado mirando a Leo fijamente. “¿A ti te gusta Tina?”, ha preguntado mamá. “¡Sí!”.

De camino a casa han pensado diferentes nombres, pero no se han puesto de acuerdo. “Vamos a darle un buen baño en el jardín y después le enseñaremos la cama que le hemos preparado”, ha dicho mamá.

El baño ha sido de lo más animado! El perro se sacudía y salpicaba a Tina y Leo, que reían a carcajadas. Ha correteado por todo el jardín. ¡No paraba quieto!

- Este perro es de lo más guerrero!, ha dicho mamá.
- Deberíamos ponerle el nombre de un famoso guerrero. ¡Deberíamos llamarle Atila!
- ¡Atila!, han gritado Tina y Leo.

Y Atila, muy contento con su nuevo nombre, ha ido corriendo a jugar con Tina y Leo.

Ilustración: Ana del Arenal

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Los tres cerditos y el lodo

También disponible como audiocuento.
Cuento de tres cerditos que se divierten en el barro

Eran tres hermanos cerditos a quienes les gustaba mucho ir a la escuela. Tenían cada uno una mochila preciosa con su nombre, en la que guardaban su estuche, el cuaderno y un libro de lectura.

Se levantaban muy temprano por la mañana para desayunar una manzana muy madura, casi casi pocha, y un buen vaso de leche que bebían con una pajita haciendo mucho ruido.

Un día, volviendo de la escuela, pasaron delante de un gran charco lleno de lodo. Con lo que les gustaba a ellos bañarse en el lodo, no lo dudaron, se quitaron las mochilas y saltaron al charco a la de una, a las dos y a las tres. Jugaron durante horas y horas, manchándose de lodo.

Cuando empezó a atardecer y casi ya no quedaba lodo en el charco, se dieron cuenta de que se había hecho muy tarde y de que sus padres estarían preocupados en casa esperándoles. Debían de pensar en alguna excusa para explicar porqué llegaban tan tarde a casa.

Por el camino fueron discutiendo. El mayor decía que podían inventarse que les había entretenido un lobo por el camino, el mediano que  se había roto el puente por el que siempre pasaban para llegar a casa y el pequeño dijo que lo mejor era decir la verdad.

Y cuando llegaron a casa, sin pensarlo, les contaron a sus padres lo bien que se lo habían pasado jugando en el lodo y que por eso se les había hecho tarde. Y como al papa cerdo y a la mamá cerda también les encantaba el lodo, les preguntaron dónde estaba ese hermoso charco ¡para ir todos juntos a darse un chapuzón!

Ilustración: Ana del Arenal